Melisa Tuya

Supe de la leyenda del anillo del rey Salomón hace muchos años, mucho antes de ser periodista, gracias al libro del mismo nombre del premio nobel Konrad Lorenz, cuyas lecturas, junto con las del naturalista Gerald Durrell, validaron en mi juventud mi interés por entender a los animales. El anillo legendario permitía comunicarse con todas las bestias, aportando una sabiduría inmensa al portador. Una sabiduría como la de Lorenz y Durrell, enraizada en la humildad, en no creerse el centro de la creación, en saber que mirar al otro, también a ese otro que no es humano, es la mejor forma de aprender. 

El anillo del rey era mágico a inalcanzable, pero el empeño que evoca no solo es posible, sino obligado de perseguir cuando convivimos con animales.

Sabemos poco de los animales, incluso a aquellos con los que convivimos, también cuando creemos saber mucho. Apenas los observamos, derramamos sobre ellos teorías y conclusiones erróneas, interpretamos equivocadamente su comportamiento, no nos preocupamos por saber realmente qué quieren decirnos, qué necesitan, por qué hacen lo que hacen.  

Ellos resisten, resiliencia pura, lo mejor que pueden ese permanente ‘lost in translation’, esforzándose por hacerse entender mejor, fijándose en nosotros mucho más que nosotros en ellos. Debemos ser justos, lo seres humanos estamos mejorando. Aumentan los estudios científicos, los autores expertos que se esfuerzan por acercar al gran público los últimos descubrimientos y los propietarios interesados por conocer, por saber, por comprender la compleja naturaleza animal. 

Alexandra Horowitz, Ian Dunbar, Temple Grandin, Desmond Morris, John Bradshaw, Karen Pryor, Jean Donaldson, Turid Rugaas, Patricia B. McConnell… Son muchos los autores, actuales o clásicos, pero siempre interesantes, que han hecho accesibles sus teorías y su ciencia. Parece una cuestión de responsabilidad adentrarse en estos conocimientos compartidos si convivimos con animales. Y observarlos mucho, aprender de ellos la alegría pura, el envejecer digno, el disfrutar del momento, el cuidar nuestros vínculos o el no tomarnos demasiado en serio a nosotros mismos. Ver de verdad a la naturaleza, al resto de seres vivos con los que compartimos este planeta, es uno de los senderos abiertos no solo para ser mejores personas, también para ser una sociedad mejor. Ya lo decía el doctor Lorenz: «el humor y la sabiduría son las grandes esperanzas de nuestra cultura»

Melisa Tuya

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