No es fútbol

No puede ser más oportuno el destape por Esteban Urreiztieta en El Mundo del saqueo del Barça por unas estrellas mejor pagadas cuanto más apagadas, amén de servir de eterna mofa a los que han pasado la penúltima década proclamando que el club azulgrana, Ministerio de Exteriores del Kukux-Klan del Prusés, había convertido en arte, por alquimia del mago Pisscolonien y su Igor argentino, mudo para la lengua de los Dioses, lo que venía siendo torpe pateo de una bola zurcida con pedazos de cuero, con una vejiga dentro y abrochada por un cordón, duro como pellejo de Maritornes. 

Estamos en vísperas del Mundial de Qatar, cumbre de la corrupción deportiva. Sus nibelungos son unos gremlins o rourets, que parecen hijos de Aldonza Lorenzo, de quien dice Cervantes que «tenía la mejor mano para salar puercos de toda La Mancha». Pero estos, entrando en la cárcel (Platini) o sin pisarla, se han asegurado el jamón vitalicio con el dinero de los que prohíben el cerdo. Ahora, esta mafia hará sudar, antes de correr, a los deportistas más caros del mundo, para disfrute de los aficionados más pobres, con la camiseta de su ídolo y los pies descalzos. El mundo del fútbol ha aceptado un trágala a dos y de dos bandas –FIFA y UEFA– que destroza las mejores ligas toda una temporada. Nadie sabe los tendones, aductores, meniscos y ligamentos cruzados que se destrozarán en esas navidades a 50º para que rourets y emirats paseen por el césped, el del campo de golf. 

Una corrupción de arriba abajo y de abajo arriba 

La corrupción del FC Barcelona lleva al extremo lo que es tendencia universal en el futbol moderno. Los aficionados aceptan endeudar el club, ser engañados en sus abonos, empeñar el coche para conseguir entradas y hacer toda clase de sacrificios económicos con tal de ver ganar a su club. Pero no un partido, algo al alcance de cualquier equipo bien entrenado, sino un título local, luego regional, nacional, continental y, en sus mejores sueños, poder aparecer en la lista de los clubes campeones de Europa, la Champions, el título más apreciado del mundo, ese que suele acabar ganando el Real Madrid

Casi toda la corrupción moderna del fútbol nace de intentar que un club, símbolo nacional o internacional de un país, logre ganar como el Madrid. Los clubes-Estado, que suplantan las selecciones nacionales, son fruto de la corrupción de la FIFA, el presidente francés Sarkozy y el emir de Qatar que crearon el PSG. Les precedieron políticos sin escrúpulos, desde Tapie y Berlusconi hasta Macron pasando por Jesús Gil, testaferros de Putin como Abramovich, y narcoclubes de Pablo Escobar o de la Camorra napolitana. Hoy, vemos a una recua de emires petroleros, que compran los clubes ingleses a precio de litio, y a ricachos americanos que creen que Benzema también juega con un balón apepinado, y pagan por los clubes fortunas que acabarían con la malaria en África y el comunismo en Iberoamérica, sólo para sentarse alguna vez a la mesa de la auténtica aristocracia balompédica: el Bayern, la Juventus, el Liverpool, el Manchester United, el Milán, el Inter, el Atlético de Madrid, el Ajax, el Benfica, el Oporto, y, por encima de todos, el Real Madrid. 

Los hay que van y vienen, al albur de los inversores o el fisco: Chelsea, City, Tottenham, Newcastle, Valencia, Sevilla, Olympique de Marsella o de Lyon. Unos se encaraman a la Copa de Europa otros ya sólo sueñan recordando triunfos y trofeos añosos, Copas de Ferias, Recopas, y Europa Leagues: Zaragoza, Sevilla, Roma, Celtic de Glasgow, Rangers, o vencedores de una liga, como el Leicester, que desaparecen en divisiones inferiores, donde se refugia el fútbol verdadero, en el que los periodistas deportivos, verdugos del idioma y de la moda masculina, no salen más que los entrenadores y que los futbolistas a contarnos lo que ya hemos visto. 

La venta a escondidas del Barça 

El FC Barcelona es uno de los grandes de Europa, rival serio del Madrid gracias a su masa social, a la protección de la dictadura de Franco al montserratino Montal, y al sentido de la empresa de Núñez, Josechu de Baracaldo, al que nunca se perdonaron que no fuera catalán de la Çeba. Vi nacer y disfruté su segunda época mejor, tras la de Kubala. Vi debutar a Cruyff con el Palmeiras junto a Sotil, Marcial, Asensi y Rexach. Y ya de lejos, la época de los trofeos europeos con el gol de Koeman. Luego llegó la insoportable prosopopeya supremacista del guardiolato y el messinismo. 

Y naturalmente, tanta farfolla golpista, tanto racismo destilado, tanta violencia travestida de benevolencia y tanta cobardía esmaltada de avaricia han desembocado en un doble desastre: el frenazo del Prusés separatista, hoy en manos de Sánchez, y la corrupción de la Liga por el Barça y del Barça por la Liga, con Laporta, Roures, Rubiales y Tebas. El laportismo revenido y el palanquismo del tocomocho son la apoteosis de una envidia patológica al Madrit, que ha desembocado en una estafa aplaudida por una masa a la que no importa que la esquilme Messi, que «nos lo ha dado todo», hasta arruinarlos, ni que la vendan Laporta y Roures, que son «de la casa».

Lewandowski y los contratos simulados

La última palanca de 100 millones de Roures, la de Lewandowski, dicen que la pagó una empresa con un fondo de tres millones y dedicada a revender obras de arte. Y tiene toda la pinta de un contrato simulado y fraudulento que jamás debió autorizarse, Pero es sólo uno más de los escándalos del Barça actual, autorizado por Tebas, que ha hecho del límite salarial lo más parecido a la ética de Sánchez, que se estira o encoge a voluntad, y que, mientras se pelea con la banda de Geri y Ruby, se reparte con Roures el VAR y los árbitros para alterar resultados. El separatista, comunista y millonario Roures, dueño a escondidas de un club, lo es del VAR y las retransmisiones, apuestas incluidas. Y mientras, Tebas compra la prensa deportiva con lo de «no es fútbol, es la Liga». Gran verdad. El fútbol se lo llevaron a Catar y la mafia la han traído de Palermo.

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