Llega el momento de que el Gobierno remita a Bruselas su programa de estabilidad. Hay que retratarse antes de que acabe abril, y en Moncloa han preparado ya el argumentario para seguir sosteniendo unas cifras de crecimiento que niega el conjunto de analistas e instituciones. Nadie habla de que España esté en condiciones de crecer por encima del 4,5 por ciento, pero da lo mismo porque el plan que remitiremos a la UE tendrá una cifra superior, por supuesto, a ese número.

Cuando se pregunta por las razones del optimismo, el discurso suena al cuento de la lechera. Dicen que es porque España lo «petará» este verano con el turismo. Porque la luz bajará de manera asombrosa gracias a la negociación con una Comisión Europea que sigue teniendo severas dudas técnicas sobre la propuesta que han remitido el Gobierno español y el portugués para limitar el precio del gas. Porque nos vamos a salir en cifras de creación de empleo. Y, por supuesto, también porque las familias españolas siguen teniendo muchos ahorrillos almacenados de la larga pandemia, y si todavía no hemos pasado por los felices años 20 ha sido casi porque los españoles nos hemos vuelto demasiado tacaños.

Y además, para terminar de llenar el jarro de la leche, falta por añadir esa seguridad que tiene el Gobierno sobre su capacidad de convencer a Bruselas para que la vuelta a las reglas fiscales, interrumpidas por la crisis sanitaria y sus consecuencias económicas, se siga retrasando y retrasando, o, en el peor de los casos, sea un regreso a plazos, de tal manera que la UE rebaje los requisitos y aplace cualquier tipo de ajuste hasta después de que el Gobierno de coalición se haya coronado al frente de la Presidencia europea. Son muchos «y si» necesarios para que todo le salga bien a Pedro Sánchez, y es verdad que los hechos, hasta ahora, confirman que los «y si» los ha ido coleccionando con suerte. Pero ojo con la suerte cuando cambia de tercio porque ya hay un «y si» que empieza a tambalearse. En Moncloa no lo ven porque las cocinas de la mercadotecnia política tardan a veces en palpar la realidad de la calle, pero si la pisan comprobarán que la baza de Vox como agente movilizador de su votante puede salir rana. Resulta que Vox no da ya tanto miedo, ni siquiera a la izquierda. Da mucho más miedo tener el bolsillo vacío y sin ahorrillos de los que echar mano. ¿Y si se dan una vuelta por alguno de los barrios más populares de las principales capitales españolas? Lo pillarán al vuelo.

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