La semana política comenzaba con una entrevista televisiva del presidente del Gobierno en el programa de la periodista Susanna Griso. En ella, advertía el jefe de Gobierno que se asoman dos alternativas con capacidad de gobernar España: una, el PP en alianza con la extrema derecha de Vox; la otra, calificada como una alternativa de centro izquierda de la que forma parte el PSOE más el espacio político que representa Yolanda Díaz.

Incapaz de descifrar un programa de gobierno para los españoles, se vuelca en demonizar lo que no es. Que no es porque no hay encuesta solvente hoy en España que dé mayoría parlamentaria al PSOE y al espacio que representa Yolanda Díaz –imaginamos que se quería referir a Unidas Podemos-. Hoy, un empeño solvente de formación de mayorías parlamentarias agregaría la necesidad de contar con Bildu y ERC para alcanzar en su caso esa mayoría. Es justo lo que el presidente del Gobierno calló en su propuesta.

Si a los ojos del presidente del Gobierno la única posibilidad de unidad se articula mediante acuerdos entre PP y Vox, es tanto como reconocer su nula voluntad de tratar de alcanzar acuerdos con el PP

Y así, especulando a día de hoy con las mayorías parlamentarias que pueden obtener mayoría, volvemos a encontrarnos con un escenario que anuncia más división. Sencillamente, el presidente del Gobierno se muestra incapaz de diseñar, o de anunciar para lo que queda de legislatura, la posibilidad de alcanzar acuerdos con la fuerza principal de la oposición, el Partido Popular. Es decir, todo anticipa que vamos a proseguir en el mismo pim pam pum en el que llevamos desde el primer día de esta aciaga legislatura. Porque si a los ojos del presidente del Gobierno la única posibilidad de unidad se articula mediante acuerdos entre PP y Vox, es tanto como reconocer su nula voluntad de tratar de alcanzar acuerdos con el PP.

Un PP al que pretende acechar con la impresión del cordón sanitario frente a Vox, por completo alejado de lo que estamos viendo en estos días en la elecciones presidenciales en Francia, ya en su segunda vuelta. Porque en Franciael Frente Republicano frente a la extrema derecha de Marine Le Pense vuelve crecientemente quebradizo. No sólo se trata de que, en los últimos veinte años, nos encontramos con la extrema derecha como candidata en segunda vuelta por tercera vez; o que, en el camino, la derecha neogaullista y chiraquiana así como el Partido Socialista han implosionado electoralmente. Es que, además, tanto la candidata Le Pen como el candidato Macron pelean por los 7,7 millones de votantes que obtuvo en primera vuelta el candidato de la Francia Insumisa, Jean Luc Mélenchon. Pues bien, a pesar de obedecer esa candidatura a unos principios políticos propios de la extrema izquierda, a pesar de que su propio líder Mélenchon dio consigna de que ni un solo voto podía ir a Marine Le Pen en segunda vuelta, las encuestas más fiables de Francia en estos días arrojan que cerca de un 30% de los votantes que en primera vuelta votaron a la Francia Insumisa, en segunda vuelta votarán a la extrema derecha de Marine Le Pen. Aflora ahí un rabioso antimacronismo por parte de muchos ciudadanos franceses que desde el populismo de izquierda prefieren incurrir en la herejía de votar a la extrema derecha de Marine Le Pen que al candidato centrista Macron, que a ojos de esos electores no es alternativa a nada para el futuro de Francia. Cuidado, en suma, con la proclamación de cordones sanitarios. Francia desde luego es un buen ejemplo de que los puede acabar cargando el diablo.

No puede ser que el partido que gobierna, que trata con absoluto distanciamiento a su socio de gobierno –Unidas Podemos-, como estamos teniendo ocasión de ver en la guerra de Ucrania, centre todo su debate estratégico en Vox, en tanto oculta que su supervivencia actual depende de Unidas Podemos, una fuerza camino del declive irremediable, más los legatarios insoportables del terrorismo –Bildu- y los golpistas de ERC.

No es así como avanza nuestra sociedad. Lo estamos viendo también en Francia, una sociedad profundamente cansada, fatigada, que viene de una pandemia gravísima y ahora de la guerra en Ucrania respecto de la que nadie es capaz de pronosticar su devenir.

Porque, efectivamente, es otra cosa lo que los ciudadanos españoles tenemos el derecho de saber. Otra cosa que comienza por un gobierno que mire de frente las circunstancias que afrontamos, que sea capaz de transmitir a dónde nos dirigimos. Que explique por qué, en la pandemia, fuimos el país de nuestro entorno que más cayó en producto interior bruto. Que explique por qué, en esta crisis, fuimos el país en que más se desbocó la deuda pública. Que explique por qué, hoy, la inflación galopante es nota distintiva de nuestros males. Que explique el porqué de esos malos números que hacen pronosticar una mala salida de esta crisis, que hacen que los presupuestos generales del Estado para este año 2022 sean ya por completo irreales, como todos sabemos. Que explique en definitiva cuál es su real programa que ofrece a la ciudadanía española.

Es ya el momento de quebrar esta política inane y viciada que venimos padeciendo desde hace tanto tiempo y constatar la necesidad de acuerdos que se hacen crecientemente imprescindibles 

Se suele decir que cuando las cosas cambian, uno también debe cambiar. Lo insólito aquí es seguir gobernando como el primer día de esta infausta legislatura. Lo insólito es no cambiar, seguir requiriendo de aliados insufribles para sacar las leyes adelante.

No, el compás de la política española no puede estar en reiterar día sí y día también la presencia nociva de Vox. Porque, con ese compás, continuaremos en una escalera descendente haciendo caso omiso a todos los problemas que tenemos planteados. Es ya el momento de quebrar esta política inane y viciada que venimos padeciendo desde hace tanto tiempo y constatar la necesidad de acuerdos que se hacen crecientemente imprescindibles entre el Gobierno y el principal partido de la oposición, el Partido Popular.

Y para ello, sí hay un camino: avanzar en la búsqueda de acuerdos de una vez, entre los partidos centrales, PSOE y PP. Y dos, al día siguiente de las elecciones cuando éstas sean, si el presidente del Gobierno no quiere a Vox, dejar que gobierne la fuerza más votada por los españoles. Nos ahorraremos así que aliados indeseables tengan nada que ver en la configuración de políticas nacionales.

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