precios vivientes

Pierre Corneille de Blessebois (1646-1700), francés y conocido como el Casanova del siglo XVII, publicó en 1697 la novela «El zombi del Gran Perú o la Condesa de Cucaña» (Anagrama, 2013). Es una escabrosa historia caribeña, con hechiceros, enredos amorosos turbios y crímenes, en la isla de Guadalupe. En el relato aparece escrita por primera vez la palabra «zombi», derivada del criollo haitiano «zonbi». Describiría una figura legendaria del vudú: un muerto resucitado por un hechicero para convertirlo en su esclavo. Desde entonces, los zombis han triunfado en la literatura y luego en el cine, sin olvidar que también entraron en 1974 en el debate filosófico con el «argumento del zombi» de Robert Kirk para rebatir el fisicalismo. Ahora, Pedro Sánchez lo ha incorporado a la política. El inquilino de La Moncloa, ya en campaña electoral, se quejaba el martes en RTVE, entrevistado a la carta, de que a su Gobierno, tras el volcán, la pandemia y la guerra de Putin, solo le falta apechugar con una «invasión de zombis». Quizá recordaba la película de George A. Romero «La noche de los muertos vivientes», que definió un canon del zombi: un muerto que revive, con su cuerpo en descomposición y caníbal. Sánchez tal vez no se ha percatado, pero su Gobierno sí afronta una invasión de zombis y, de momento, pierde la batalla. La inflación, disparada al 10,5% y la de los alimentos cercana al 14%, es el muerto económico –se dio por enterrada al final del siglo XX– que resucita, que canibaliza casi todo y que es el mecanismo perfecto para descomponer sociedades, como refleja la historia, desde la Alemania nazi a la Venezuela de Maduro o la Argentina de tantos. Ahora es un problema europeo, pero también español. Sánchez, una de cal y muchas de arena, intenta resistir al hiperpopulismo de Yolanda Díaz y los controles de precios, pero castiga con más impuestos a bancos y energéticas, porque también es algo muy popular, mientras el Govern catalán anuncia unos Presupuestos expansivos en Cataluña frente a la inflación. Más gasto en todas partes y más gasto es alimentar el zombi inflacionista, al que solo se derrota con esfuerzo, sacrificio y dolor. Sánchez, sí, debe lidiar «la invasión zombi de los precios vivientes». Muy pocos gobernantes han ganado esa batalla.

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