preludio del desencanto

El empeño por imponer a los europeos unas agendas que priorizan problemas ajenos a su cotidianeidad va camino de fracasar. La victoria de Meloni en Italia no es sólo un aviso, sino también una consecuencia. El patriarcado, el racismo o el cambio climático no son percibidos como emergencias en clave nacional por los ciudadanos occidentales, que cada vez muestran más hastío hacia quienes les reprochan sus tradiciones y hábitos de vida por machistas, poco inclusivos y contaminantes mientras las instituciones hacen apología de otros que, objetivamente, van abocados al decrecimiento, la fractura social, la merma de libertades y la quiebra de la igualdad.

Los millones de hombres y mujeres que habitan en los contornos de Europa están hartos de que los burócratas extraigan de sus bolsillos miles de millones que se derrochan en políticas verdes, perspectivas de género o espacios para la racialización mientras desdeñan los problemas de verdad, recurriendo a frases huecas y a remedios homeopáticos. 

Las élites bruselenses diseñaron políticas sólo aptas para su burbuja de bienestar, sin percatarse de que cuestiones como la sostenibilidad o la invisibilización de colectivos son lujos que la gran mayoría no se puede permitir. Y si al desprecio por la precariedad de los ciudadanos le sumamos la creciente tendencia a señalarlos con el dedito moralizante por cuestiones tan nimias como recurrir al coche para recoger o los críos o acudir a trabajar, o por consumir fresas fuera de temporada, el polvorín está servido.

La gente simplemente está reaccionando a esa hostilidad irracional que les demuestran desde sus gobiernos. Y si cuando mira a su alrededor, no halla contestación racional a esa hostilidad, abraza la opción que decida enfrentarse a la amenaza, aun a costa de que ésta también esgrima discursos y herramientas irracionales. Y en ese punto exacto de cocción es donde emerge la figura de Georgia Meloni. Les transcribo a continuación un discurso que pronunció hace apenas unos años, concretamente 2019, en un congreso que tuvo lugar en Verona.

«¿Por qué la familia es un enemigo? ¿Por qué la familia les asusta? Hay una respuesta única para estas cuestiones: porque es lo que nos define, porque es nuestra identidad. Porque todo lo que nos define es un enemigo. Todos ellos quieren que carezcamos de identidad y seamos solamente esclavos, consumidores perfectos. Y por eso atacan la identidad nacional, por eso atacan la identidad religiosa, por eso atacan la identidad de género y por eso atacan la identidad familiar. No puedo definirme como italiana, cristina, mujer, madre…No, yo debo ser ciudadano X, género X, progenitor 1, progenitor 2. He de ser un número. Porque cuando sea solamente un número, cuando no tenga identidad o raíces, entonces seré el esclavo perfecto a merced de los especuladores financieros. El consumidor perfecto. Ésta es la razón por la cual les inspiramos tanto miedo, por la que este acto de hoy les provoca tanto miedo. Porque rechazamos ser números, porque defenderemos los valores de la persona humana. De cada una de las personas humanas. Porque cada uno de nosotros tiene un código genético único e irrepetible. Y les guste o no, esto es sagrado. Y nosotros lo defenderemos, defenderemos a Dios, a la patria y a la familia».

Creo que la italiana acertó cuando pronosticaba la repulsa ciudadana a la criminalización de sus costumbres y ante la imposición de unas identidades que le son extrañas. Y a la vista está que ha sabido rentabilizarlo electoralmente. Pero yerra tanto en la causa como en el remedio. 

Efectivamente, el gran problema de Meloni no es que los apóstoles que nos advierten sobre el advenimiento del fascismo cada vez que no triunfan en una cita electoral la tilden de extrema derecha o de ultraderecha. Estos no son más que calificativos vacíos que han perdido su significado tras su uso abusivo, al menos en un país como España, donde comparten tan ilustre distinción personas como Rosa Díez, Albert Rivera, Mariano Rajoy, Isabel Díaz Ayuso, Cayetana Álvarez de Toledo o el mismísimo Alberto Núñez Feijoo. No incluyo a los miembros del partido Vox, cuyo fascismo la izquierda da por descontado.

El gran error de Meloni radica tanto en disparar al capitalismo -cuando es patente que si algo no se está promoviendo es el consumo-, como en intentar competir en el terreno de la identidad, que viene a ser como intentar apagar el fuego con fuego. Por supuesto que las personas sentimos querencia hacia nuestra tierra, nuestras tradiciones y nuestra familia. Es algo consustancial a la condición humana. Pero no se nos ha de juzgar por nuestros rasgos identitarios, sino por nuestros actos. Lo que somos es lo que hacemos, al margen de que la necesidad de garantizar la igualdad ante la ley imponga determinantes condicionamientos y etiquetas. La pulsión por la colectivización con fundamentos biológicos, patrimoniales o nacionales es una tendencia transversal y peligrosa. El desencanto tras años de una ingeniería social fracasada promovida desde las instituciones no sólo es legítimo, sino incluso necesario. Pero el cambio de rumbo ha de hacerse en pos de la libertad, no de la tribu.

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