Propaganda fiscal

La política es una cosa muy seria, pero en ocasiones resulta casi hilarante. Uno de esos episodios entretenidos es el debate sobre política fiscal que se ha desatado en España desde que el presidente de la Junta de Andalucía anunció la eliminación del impuesto del patrimonio.

Es tradición que la izquierda tiende a proponer subidas de impuestos, mientras que el centro y la derecha prefieren bajarlos. Pero no siempre es así. Rajoy los subió nada más llegar al poder, y Zapatero los bajó porque, según su tesis, «bajar impuestos también es de izquierdas». Ahora, los partidos han entrado en fase electoral y eso significa tensión y muchos nervios. Esa tensión y esos nervios, provocados por los sondeos poco favorables para el PSOE, han convertido a Moncloa en una máquina de decisiones espasmódicas. Si Feijóo dice algo, la portavoz socialista Pilar Alegría se precipita a los medios diez minutos después para responder; si un dirigente del PP anuncia una medida, Moncloa anuncia otra que se contrapone.

Así, tras la eliminación del impuesto del patrimonio, Moncloa presenta un impuesto para los ricos. La idea ha sido usurpada por el PSOE a sus coaligados de Podemos, que la llevaron al Congreso hace apenas tres meses y se encontraron con el voto en contra de los socialistas. Ahora, con el entusiasmo de los conversos, el sector PSOE del Gobierno pone en marcha este impuesto con carácter tan propagandístico como el del PP cuando anuncia sus bajadas de impuestos.

Pero se recomienda a todos que echen cuentas, porque los expertos consideran que las rebajas de impuestos del PP apenas se van a notar en el bolsillo de los ciudadanos, ni las subidas del PSOE van a suponer nada relevante para las arcas del Estado. ¿De qué hablamos entonces? Hablamos de campaña electoral (adelantada ocho meses), de batalla ideológica (que siempre es muy sana), y de engaño generalizado a los españoles de unos y de otros, porque ni las rebajas de impuestos van a dinamizar lo suficiente la economía, ni castigar a los millonarios va a salvar nuestro erario público. Lástima que las soluciones no sean tan sencillas.

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