Qué fue de Felipe González

Cada vez que en nuestro país se celebra una efeméride se pone de manifiesto la apasionada y visceral relación que los españoles mantenemos con nuestra historia, incapaces de tratar los acontecimientos pasados sub specie aeternitatis, como si nunca dejáramos de participar en ellos y siempre fuéramos contemporáneos de nuestras hazañas. Ser español supone entonces vivir preso en una especie de ascensor escatológico que no deja de subir y bajar entre el infierno y el paraíso. Desde la Reconquista, el descubrimiento de América, el Siglo de Oro o la guerra de sucesión hasta la Segunda República, la guerra civil o la restauración democrática, todo se dirime entre la apología y la maldición, entre la leyenda negra y la dorada, partidarios unos de la venganza y la expiación y librados los demás a la épica y el ditirambo, encerrados todos en el culto ciego a la Historia Universal, que cada vez deja menos páginas de respeto para los años en blanco de la felicidad, por utilizar la imagen de Hegel.

La reflexión viene al caso por la conmemoración del 40º aniversario de la victoria del PSOE en 1982, que se ha caracterizado por una llamativa ausencia de debate con respecto a lo que supuso el inicio de casi 14 años de hegemonía socialista, un periodo tan determinante e influyente en nuestra democracia que bien merecería la mayor atención crítica. Sin embargo, parece que Felipe González, como antes le pasó a Adolfo Suárez, le ha llegado la muy cristiana hora de la redención. Los títulos y la mayoría de artículos que se han publicado este otoño coinciden en el mismo y absolutorio veredicto. Entre las novedades editoriales destaca Un tal González (Alfaguara), la novela en la que Sergio del Molino narra la trayectoria pública del presidente desde Suresnes hasta su dimisión como secretario general del partido en 1997. Se trata de un libro que me incumbe de manera especial porque el autor parece apelar a un colectivo acto de contrición, particularmente dirigido a aquellos que nacimos a finales de la década de 1970 y que empezamos a votar más o menos en 1996, año de las elecciones en las que un agotado y vapuleado González perdió frente a José María Aznar. 

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Del Molino se presenta sin embozo como un converso al credo felipista. Tras haber pasado una primera juventud, según nos cuenta, como arrogante marxista desencantado de la democracia y en especial del socialismo lastrado por los escándalos de corrupción, en la novela su personaje abre los ojos a una admiración prácticamente sin fisuras que pretende contagiar al lector. Su estrategia consiste en recrear, mediante un juego convencional de saltos temporales, los grandes logros de los gobiernos socialistas. Su imaginación, por otra parte, intenta captar al personaje humano tras la máscara del gobernante, un tipo astuto, tímido, seductor, con el que «toda España se quería acostar» pero que a la vez nunca pierde su aura de misterio. El autor no oculta su personal fascinación por González y desde las primeras páginas advierte que su obra no es un ensayo ni una biografía sino una novela. Pero al mismo tiempo nos propone una reescritura de un periodo fundamental de nuestra historia más inmediata. Y ahí es donde cabe oponer la primera objeción.

Sergio del Molino intenta adoptar el mismo método que Javier Cercas a la hora de dar forma literaria a determinados episodios míticos. Una presunta documentación exhaustiva es utilizada para ofrecer a los lectores una elaborada solución a los problemas de nuestra historia. Al final de Anatomía de un instante, por ejemplo, los españoles descubríamos a Suárez como nuestro padre putativo y el golpe de Estado suponía el verdadero final de la guerra civil, un conflicto que a su vez había quedado resuelto en Soldados de Salamina. Aunque con bastante menos pericia y nulo sentido dramático, del Molino parece retomar el relato público ahí donde lo dejó Cercas para presentarnos a González como el artífice de la España moderna, europea, atlantista e igualitaria. Antes de entrar en cuestiones de detalle, veamos primero el peligro inherente a ese método. 

«El escritor se comporta así como Teseo atando a Procusto a su propio lecho y fabricándole al lector las medidas de su juicio»

Por una parte, el manto de la ficción ampara el uso arbitrario y oculto de la documentación –no hay, en Un tal González, notas ni referencias sobre el material manejado–, gracias a lo cual el lector no puede impugnar la versión de los hechos, pero al mismo tiempo esa factualidad, digamos, espectral, es la suprema autoridad que se invoca para imponernos una verdad moral revelada sobre la comunidad política a la que pertenecemos, de tal modo que nuestro criterio queda amordazado y coartado. El escritor se comporta así como Teseo atando a Procusto a su propio lecho y fabricándole al lector las medidas de su juicio. Si por un lado la libertad creadora permite disponer de los hechos según el capricho de la invención, por otro es la ilusión de veracidad la que dicta la inapelable revelación acerca de nuestro pasado. 

La cuestión sirve para discutir el alcance de la ficción en el ámbito político.¿Qué puede aportar una novela al debate histórico? El historiador reconstruye hechos y por tanto el horizonte de su labor está siempre definido de manera estricta e inexcusable, literal. Su meta es la verdad factual y al final de la pesquisa el lector tiene que haber comprendido lo que ocurrió de la forma más precisa y amplia posible. El novelista, en cambio, a la hora de recrear dramáticamente un episodio histórico no puede pretender sustituir al historiador, puesto que su objeto no será nunca la verdad sino sólo la representación. Si el historiador aspira a fijar unos hechos de los que luego puede derivarse una interpretación secundaria y problemática, el novelista se instala en esa interpretación secundaria para dramatizar unos hechos que le sirven para interrogarse acerca del consenso histórico. En la buena novela política no descubrimos ni buscamos saber lo que ocurrió, sino que aprendemos a suspender las propias convicciones, los sucesivos relatos heredados o incluso el propio estatuto de la historia. La gran literatura recoge todo aquello que queda fuera del caudal del sentido histórico, las florecillas pisoteadas al borde del camino, por utilizar otra imagen de Hegel.

Si la ficción trabaja con un horizonte de conclusión está pervirtiendo su libertad e incluso su función en una democracia, a la que sirve precisamente para protegerla de las constricciones del poder, entendido como productor de sentido histórico. El objeto de la novela, a diferencia del de la historia, no es nunca predecible ni fiable –no está nunca localizado– sino que permanece en un estado de latencia y se mantiene por ello en una zona de inestabilidad y duda, en un ámbito previo al conocimiento empírico. Como decía Juan Benet, el día en que el arte literario pueda decir «esto es el hombre» y se separe de su destino haciendo de lo humano un objeto, como la ciencia, ese arte aparecerá inerte junto al objeto segregado e inmovilizado. Un tal González sirve para ilustrar hasta qué punto, de un tiempo a esta parte, el imaginario de la democracia española se viene intoxicando con novelas que no dejan de contarnos, una y otra vez, «la República fue esto», «la guerra civil fue esto», «el franquismo fue esto», «la Transición fue esto». Y ahora, como no podría ser de otra manera, ya sabemos que «el felipismo, después de todo, era esto». 

«No hacía falta escribir una novela para recordarnos los indiscutibles aciertos de los primeros gobiernos de Felipe González»

Sergio del Molino presenta el felipismo como una cadena de éxitos apenas ensombrecidos por algunos casos de corrupción, una injerencia más bien graciosa en RTVE y la cuestión del terrorismo de Estado, que al final, como viene siendo costumbre, queda más o menos disculpada, ya que otros gobiernos fueron en el extranjero mucho más contundentes en la guerra sucia y sus responsables no merecieron ningún reproche penal por ello. No hacía falta escribir una novela para recordarnos los indiscutibles aciertos de los primeros gobiernos de Felipe González, sobre todo la reforma del ejército y la creación del Sistema Nacional de Salud, obra de un ministro extraordinariamente competente como fue Ernest Lluch, luego asesinado por ETA. Sorprende, en cambio, que no se aborde un episodio que hubiera dado mucho de sí desde el punto de vista narrativo como fue la controversia en torno a la titularidad del Ministerio del Interior en 1982. En un principio, González tenía la intención de aplicar a las fuerzas de seguridad el mismo correctivo que al ejército. De ello iba a encargarse Carlos Sanjuán, pero enseguida se evidenció la dificultad de desmontar el aparato franquista. Hubo muchas presiones y prevaleció el miedo a que cundiera el desorden público, por lo que se prefirió una política de continuidad y apaciguamiento interno en cuestiones de seguridad. Sanjuán fue relegado a la subsecretaría de Interior y en su lugar se nombró a José Barrionuevo que, junto a Rafael Vera, su mano derecha, acabaría como sabemos condenado por el caso GAL. Sanjuán, por cierto, dimitió en 1984 por diferencias con Vera. ¿No hay ahí material para que un novelista arriesgado se atreva a indagar? ¿No explica eso muchas más cosas sobre las zonas podridas de nuestra democracia que todo lo que ya sabíamos sobre la lucha antiterrorista?

Tampoco hay en el libro ninguna reflexión pertinente sobre el problema de la educación, otro gran fracaso del socialismo y aun de toda la democracia. Con la comprensible y hasta loable intención de impedir que una parte importante de la juventud quedara excluida del sistema, se diseñó una nueva ley, la LOGSE, que amplió la base pero menoscabó de forma fatídica la calidad general de la enseñanza pública, hasta el punto de que hoy en día muchas familias que creían en ella –la mayoría de la élite socialista, sin ir más lejos– han tenido que volver a la privada, incluso a la religiosa, para proteger a sus hijos de la catástrofe. (Nuestra generación, por cierto, fue la última que por fortuna se salvó de ese plan). 

Es incomprensible, por otro lado, el silencio con respecto al rey Juan Carlos,sobre todo teniendo en cuenta todo lo que hemos sabido últimamente acerca de su reinado y que podría servir para formular muchas preguntas sobre su connivencia con González. El felipismo no se entiende sin el juancarlismo y el retrato del presidente y de sus mandatos queda irremediablemente mutilado sin la figura del jefe del Estado. Bien es verdad que el autor llega a declarar en un momento del libro que su propósito es «comprender, no juzgar, evitar las sentencias generacionales, no pedir explicaciones de hijo a padre de la democracia». ¡Comprender sin juzgar! Escribir un libro para comprender saltándose la facultad del juicio es realmente una hazaña nunca antes lograda.

Quizá por eso Sergio del Molino trata con displicencia a todos aquellos que en su momento se mostraron críticos con el presidente, puesto que al fin y al cabo se atrevieron a comprender juzgando. Los artículos que escribió en la época Sánchez Ferlosio, por ejemplo, le parecen en su mayoría «hirientes y crueles». ¿Pero no era mucho más hiriente y cruel todo aquello que Ferlosio denunciaba? ¿De verdad se puede permitir mi generación desguazar el más valioso y emocionante ejemplo de honestidad y exigencia intelectual que dio entonces la democracia? ¿Tenemos ahora que considerar a beneficio de inventario todos esos artículos, que siguen siendo la crónica más justa y fidedigna del felipismo, en aras de una pax generacional? ¿Es ese el nuevo cometido de la literatura? Quizá en el fondo haya que disculpar al autor puesto que él mismo admite que no entiende uno de esos artículos, concretamente el que se titula «El Monasterio Hidaka y el arte del bonsái», del que dice que no sabe si está escrito a favor o en contra de González, cuando es una evidente, palmaria y ostensible parodia de la afición del presidente por la jardinería oriental, además de una tácita denuncia del terrorismo de Estado. A del Molino, en cambio, el bonsái le sirve para arriesgar una metáfora sobre la ardua labor de nuestro estadista:

«El presidente cuida la maceta del país y procura, con sus instrumentos de civilización, que la barbarie no rompa el tiesto, que las raíces no se sequen, que las flores no se agosten y que las plagas no envenenen la savia. Gobernar un país que no quiere ser un imperio, no aspira a tapar el sol de los demás países y se conforma con vivir los ciclos circulares de las estaciones, desde la caída de las hojas hasta los brotes verdes, y vuelta a empezar, también requería silencio, paciencia y soledad».

No sé yo si vernos reducidos como país a una planta enana cuidada por un político disfrazado en su despacho de maestro zen es la mejor forma de reconciliarnos con nuestro pasado. Pero, en fin, ese parece el ánimo del autor, que en la última página se dirige a su antiguo y atolondrado yo para pedirle que se una al aplauso que la militancia del PSOE le dedicó a su líder cuando por fin dimitió como secretario general en 1997:

«Era un marxista gruñón de dieciocho años que aparentaba lo menos cien y, mucho antes del 15M, sostenía que el PSOE y el PP eran la misma basura burguesa. No me conmoví, por tanto, aunque tampoco lo celebré. Aquello me era del todo ajeno. Hoy, si pudiera hablar con ese adolescente que impostaba su cinismo, le diría que se uniera al aplauso, que le dijera al menos un gracias, que aquel tal González no hiciera mutis sin un gesto –siquiera un guiño– de un chaval nacido en 1979 que, si podía refunfuñar a gusto en un país libre, en parte era por él y por los que, con toda la ingenuidad y civilidad del mundo, lo hicieron presidente».

Ende gut alles gut. Bien está lo que bien acaba. Para Sergio del Molino, el hecho de que vivamos en una democracia neofilipina es razón suficiente para redimir todo pecado cometido. Curiosamente, Sánchez Ferlosio, en Las semanas del jardín, despellejó ese ardid del derecho narrativo, el truco, tan propio de las películas y hoy en día de las series, que consiste en hacer que el último de los hechos, simplemente por aparecer en ese lugar privilegiado y postrero, desvirtúe todo hecho contradictorio que le haya podido preceder, el happy ending que resuelve todas las desventuras sufridas. Para ilustrar el efecto de la engañifa, Ferlosio glosaba una copla andaluza que dice: «Y de mis pecaos se espanta. / Toito’r mundo me condena / y de mis pecaos se espanta: / más pecó la Madalena / y después la hicieron santa, / cuando vieron que era buena».

Para Ferlosio, la copla era un ejemplo de cómo la predestinación transmuta los hechos de la vida en simple fantasmagoría, por lo que la santa, en virtud de esa bondad consustancial a su ser, queda borrada del «tiempo y de la existencia». Sergio del Molino ha comentado en algunas entrevistas que ha querido escribir su libro en vida del presidente porque ahora es más difícil reivindicar su legado, ya que después de su muerte nadie se atreverá a discutir su obra. ¡Nadie! Así que, según parece, estamos todos, el santo, la Iglesia y su grey, predestinados a ser borrados de nuestro tiempo y de nuestra existencia política. La impronta de los gobiernos de Felipe González en la democracia es tan profunda, compleja y problemática que cuesta mucho distinguir dónde empieza y dónde acaba el influjo. Su acción política creó el tonus de la vida pública, en las escuelas y en las universidades, en la articulación del poder con los medios de comunicación, en el desarrollo autonómico y la relación con los nacionalistas, en el papel de la Corona, en la política social y económica, en la diplomacia. Todos los gobiernos que han venido después han tenido que desenvolverse en las fronteras que el felipismo impuso. Por ello, cualquier aproximación a esa herencia debería ser lo más responsable y despierta posible. No creo que hagamos ningún favor a la calidad de la vida democrática, al bien común, uniéndonos sin pudor al coro de la propaganda y la obsecuencia, sobre todo si pertenecemos a esa generación que está tomando el relevo tanto en el ejercicio del poder como en la indispensable oposición al mismo.

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