Reparaciones

A finales de agosto, a la pesadumbre del verano que acaba y la rutina que vuelve se me ha unido este año el desbarajuste doméstico de drásticas reparaciones en mi casa. Las filtraciones húmedas en el piso de abajo, la vieja tubería que rezuma y amenaza la estabilidad del suelo del baño, fontaneros y albañiles que toman honradamente mi hogar al asalto, un arquitecto que propone una reforma radical, un aparejador que le contradice y prefiere labores menos invasivas… si es que pueden llamarse así. El tipo del seguro, armado de su voluminosa carpeta, asoma un momento y murmura compasivo «esto no tiene buena pinta», antes de desaparecer. En fin, una pesadilla antes del otoño ya cercano, algo parecido a lo que contó Poe en El hundimiento de la casa Usher.

Mientras oigo gorgoteos amenazadores en las entrañas de los baños y golpes de piqueta que entierran la tranquilidad del hogar, yo deambulo desconsolado sin atreverme a mirar los suelos que revelan por sus boquetes las raras cosas que tenemos bajo los pies. Me gustaría sollozar como ET: «Miii casaaa, miii bañooo…». Tras lavarme las manos o los dientes, incluso tener la audacia de ducharme fugazmente, debo correr de inmediato a cortar el paso del agua. Si me retraso…¡quién sabe los naufragios que puedo causar! Cuando las cosas empeoran (y empeoran, siempre sucede así) debo cortar el agua definitivamente y exiliarme a un hotel cercano, donde me acogen mucho mejor de lo que suelen ser recibidos los desterrados que buscan asilo. Claro que yo tengo que pagar contante y sonante…

Quizá sea demasiado burgués, pero siempre he considerado mi casa un refugio seguro, un lugar donde ser yo mismo sin dar explicaciones a nadie. Cuando se convierte en una gincana de trampas y peligros, me siento íntimamente traicionado… Pero hay otra lección, ésta de corte político, que puede obtenerse del trastorno doméstico que padezco. Digamos que estoy aprendiendo a fuerza de incomodidades y estropicios lo difícil que resulta arreglar las averías de una vivienda sin dejar en ningún momento de habitarla. ¿No es lo mismo que ocurre en los momentos de gran reforma política, no digamos de revolución?

Todas las sociedades tienen múltiples averías, todas las instituciones se deterioran como tuberías oxidadas. La simple acumulación de defectos personales, de pequeños abusos aceptados como normales, del empeño de mantener fórmulas obsoletas mientras la comunidad cambia por la influencia de variantes tecnológicas, demográficas o lo que sea, entorpece a veces hasta el puro y simple bloqueo el funcionamiento de la convivencia y del orden social. Hay que hacer cambios y se reclaman con murmuraciones o griterío. Se consulta a los expertos (o quienes se ofrecen como tales): unos piden transformaciones radicales, tirar muros y vigas, no dejar del viejo edificio mas que la fachada; otros prefieren retoques parciales, chapuzas disimuladas, predicar la transformación pero aplazarla cuanto se pueda. Mientras, los inquilinos ignorantes reclaman, vociferan, patalean, empeoran lo que ya funciona mal. Ellos tienen sobre todo las molestias y el peligro de la situación porque viven en medio de ella (la sociedad no tiene, como se me ofreció a mí, un hotel aparte en el que refugiarse mientras duran las reparaciones).

Si pudiésemos suspender el trepidar social, interrumpir por un plazo razonable el funcionamiento de las instituciones y planear las reformas de un modo distanciado que no implicase nuestra día a día en ellas, seguro que lograríamos transformar nuestra convivencia de modo más satisfactorio. Incluso podríamos aplicar ese «velo de ignorancia» del que habló John Rawls, según el cual cada uno podría aceptar un orden sin privilegios ni exclusiones cuyo justo equilibrio estaría asegurado porque nadie sabría el papel que íbamos a desempeñar en él. Pero el caso es que mientras tratamos de arreglar el mundo estamos dentro como piezas del conjunto y sufrimos las incomodidades y los peligros de colgar el cartel de «no funciona» en servicios indispensables. Hay que cambiar cables, tuberías, techos y mecanismos sin los que no sabemos cómo seguir conviviendo. ¿Es posible reparar lo indispensable sin dejar de usarlo?

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