Sabina también es fascista

Solo le pido a Dios que esta resaca moral que nunca se salta el guion de lo correcto acabe de una puñetera vez. Cualquiera que rompa el modelo progresin fisuras es hoy acusado de facha, de hijo de franquista o de cualquier otra condición políticamente incorrecta; a los puristas de la nueva izquierda les da igual que fuera heredada al nacer y rechazada durante toda una vida. Mi católica madre me dejó en herencia una migraña crónica, que empeora ante tanto deseo de obediencia militante; de mi rebelde padre recibí una inclinación a no juzgar para no ser juzgada. 

Para alejarme de la pusilanimidad que nos invade y ver envejecer «sin dignidad», pero con valentía, a un gran artista fui el sábado al cine. Disfruté de Sintiéndolo mucho, el documental que Fernando León de Aranoa ha rodado sobre Joaquín Sabina. Lo vi en el Boliche, mi multicine barcelonés preferido, antaño bolera en la que jugaban los libérrimos descendientes de la casi desaparecida burguesía catalana. Cerraron hace tiempo el viejo bar, no hay ni una pequeña barra donde comprar palomitas. Las eché de menos. Disculpen la nostalgia; mis años lusos me han hecho añorar hasta el aire lleno de humo de las salas de función doble.

Hay que dejar que corra el aire. Salir del encorsetamiento ideológico, también altivo, de las nuevas iglesias sin altar, pero con púlpito, que nos dictan cómo hemos de vivir. Yo misma, por ejemplo, compro diarios de distinta línea editorial. Necesito descansar de explicaciones cogidas por los pelos sobre la bondad de leyes mal hechas, quiero comparar noticias, aumentar fuentes y visiones; quiero saber qué opinan los unos, los otros y, sobre todo, los de más allá. La uniformidad me parece agotadora. Más aún me cansan los periodistas y opinadores afines, incapaces de abandonar el punto y seguido. Últimamente me faltan voces y, para cambiar de canal, me sobran los motivos.

«Sabina dice lo que piensa, asume su parte miserable. Se agradece ante tanta impostura»

Qué descanso escuchar la tos de fumador empedernido de Joaquín retumbar en mis oídos. «¡Cómo puede seguir vivo!», exclamó el joven espectador de al lado. Quise responder que solo sacando gargajos y escupiéndolos en el water o en el pañuelo, pero me callé. En el cine no se habla. Ni se debería mirar el teléfono cada diez minutos. Te pierdes el gesto del protagonista y sus humanas reacciones. Luego, el mundo real, con sus escupitajos, te sorprende. Resumiendo, Sabina dice lo que piensa, asume su parte de miserable. Se agradece ante tanta impostura y falsa felicidad instagramera

Lo de las drogas y el alcohol es aceptado en un cantante de gira -¿no se drogaban los Rolling Stones?-, pero la tos de perro y el deseo por las mujeres rubias incomoda a diversos colectivosLa de colectivos que siguen apareciendo, reclamando normas y más normas para lo suyo, aunque sean mal hechas. Ofendiéndose por todo. No entienden los activistas recién llegados a la justicia social y al feminismo multigénero que Sabina, tan viejo y tan joven, se declare  «anarquista y liberalón» y diga, en una reciente entrevista a El Mundo, que se siente alejado de «algunas» de las propuestas y modos de la izquierda.

Llevo días leyendo comentarios de supuestos anticapitalistas que se asombran ante la forma de pensar y vivir del cantante. Les incomoda la «homofobia, el machismo, el gusto por la tauromaquia, por el asesinato de animales», dice un tuitero. Vade retro. Pongamos que hablan de José Tomás, el más artista, valiente y estoico de los toreros de purísima y oro. Buscan excusas para apuntar a Sabina en la pizarra de los que se han portado mal, como hacían las chivatas en el cole de las monjas

«Joaquín», contaba una profesora universitaria en el Face, «no puede ser hombre de izquierdas porque su padre era guardia civil». Serrat, añadía, es distinto: «Un hijo de la clase obrera del Poble Sec». Pongan sus barbas o rizos a remojar. Pronto pedirán un árbol genealógico con pasado comunista/socialista de tres generaciones antes de decidir ir a un concierto o comprar un libro.

«Los jóvenes seguidores de Irene Montero y Pablo Iglesias deberían apuntarse a un curso intensivo sobre historia de España»

A este paso, vamos a tener que cancelar (antes se decía prohibir) a un sinnúmero de grandes escritores, cantantes, directores de cine y hasta al vecino del quinto. ¿Se acuerdan de aquel sastre, interpretado por Alfredo Landa, que fingía ser «marica» para no tener problemas con los maridos de sus clientas? Hasta he entrecomillado la palabrita para no ofender a nadie. La censura está volviendo. Hoy es muy arriesgado ir de pirata cojo.

La prueba del algodón familiar obrero no la pasaría Fidel Castro, ni siquiera Lenin. Aún más serias dificultades tendría esa población española que lleva desde el 78 votando al socialismo, al comunismo o al podemismo. Los jóvenes seguidores de Irene Montero y Pablo Iglesias (ese que se muere por volver) deberían apuntarse a un curso intensivo sobre historia de España. Antes de irme a dormir con mi nube negra, por consejo de mi muy incorrecto padre siempre recuerdo que el dictador se murió en la cama tras 40 años de mandato indiscutido, ni siquiera hubo una pacífica revolución de los claveles como la portuguesa. «Menos lobos, Caperucita Roja», me soltaba el señor Cullell Martínez cuando se hartaba de mis ardientes discursos setenteros.

A la salida del cine me junté con tres mujeres desconocidas en la parada del autobús. Hablaban del documental: «… pues yo no me creo que quiera a Jimena. Es solo su secretaria o mánager. ¿No habéis visto cómo la trata? Le da órdenes. Es machista y le gustan las corridas de toros». A punto estuve de intervenir y ponerlas a caer de un burro, pero me mordí mi lengua tan larga y ellas se subieron al H8. Ya sola, bajo la marquesina, seguí desafinando a Sabina.

Hace décadas que no llevo la falda muy corta, pero sigo creyendo que ser cobarde no vale la pena y que ser valiente empieza a salir caro en esta España nuestra. 

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