Antonio Elorza

Una queridísima amiga me cuenta que va a desplazarse a La Habana para visitar el museo o «Centro» en el cual, gracias a una tecnología moderna, los visitantes pueden contemplar desde hace un año el legado que representa Fidel Castro, no solo para Cuba, sino para todo el mundo actual. En mi respuesta, intenté mostrar mi discrepancia sobre una posible valoración positiva del castrismo: pocas veces una revolución tan cargada de esperanza había dado lugar a consecuencias más desastrosas. En 1959, por mucha que fuera la corrupción, Cuba era una sociedad viva, que solo era precedida por Venezuela en bienestar económico dentro de la América Latina. Y como le recordaba un amigo a punto de emigrar a Miami al protagonista de Memorias del subdesarrollo, la obra maestra de Titón Gutiérrez Alea, la revolución podía ser como en Haití el pórtico de la miseria. La profecía tristemente se cumplió.

Hoy en día, la persistencia del mito de Fidel es tal vez la muestra más representativa del callejón sin salida en que se encuentra una izquierda que es capaz de mantener una visión ilusoria de los fenómenos históricos, ignorando plenamente los datos de una realidad trágica. Hace ya tiempo que un colaborador próximo del Comandante, Carlos Franqui, advirtió que el enfrentamiento con Estados Unidos formaba ya parte de su arsenal ideológico en los días de Sierra Maestra. Solo que entonces había razones para ello, y para entenderlo basta leer la espléndida novela de Vargas Llosa, Tiempos rudos. La América de Nixon y de Hoover nunca hubiese permitido un experimento de profunda y necesaria reforma social en la isla.

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Pero tenerlo en cuenta era una cosa, y otra bien diferente traicionar el ideal democrático con que el joven Fidel emprendió su lucha contra Batista. Vale la pena releer sus palabras, que sin duda no figurarán entre las ofrecidas a los visitantes del Centro de Fidel en La Habana: «Había una vez una República. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, presidente, Congreso, tribunales, todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya solo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada, y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y el pueblo palpitaba de entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba al pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que este no podía volver, estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada…».

Apenas llegado al poder, Fidel destruye los supuestos democráticos de la Constitución de 1940 e inicia la carrera hacia una dictadura donde no hay pluralismo político, ni libertad de expresión, ni partidos, ni respeto a los derechos humanos, sino culto a la personalidad del caudillo, vuelven las torturas y las ejecuciones (no al amanecer, para que haya mejor luz al retransmitirlas), y el esfuerzo igualitario se ve compensado por la ineficacia económica y la supresión de toda iniciativa individual. La más hermosa de las revoluciones del siglo XX acaba sofocada por el lema mussoliniano impuesto por Fidel en la famosa reunión de la Biblioteca Nacional José Martí: «Dentro de la Revolución, todo; nada fuera de la Revolución».

«El castrismo sobrevive con aire de eternidad, en una vía muerta de represión y de penuria»

Muchas veces despunta la posibilidad de cambio hasta que finalmente resulte aplastada por una  represión brutal, como en 2003, como tras el 11-J. Esto es casi lo más terrible: las expectativas de 1990, de 2006, han desaparecido. Si en un momento se pensó que las cosas podían tomar nuevo rumbo al desaparecer Fidel, se comprobó finalmente que tenía razón la historieta tantas veces contada de principios de siglo: cuatro cubanos juegan a las cartas bajo un calor sofocante en el centro de la isla, hasta que uno no puede más y se tumba a dormitar en un catre; entra entonces un moscardón y un jugador despierto le mata de una palmada y exclama: «¡Lo maté!». El tumbado se despierta y pregunta: «¿Y al hermano también?». Pues no, no lo mató y el castrismo sobrevive con aire de eternidad, en una vía muerta de represión y de penuria, ya sin esperanzas de transformación. A modo de espectáculo para mayor satisfacción de los progresistas insensibles ante la miseria y la cárcel de los demás. En un insuperable callejón sin salida.

No se trata solo de un rasgo propio de la dictadura castrista. Más bien, estamos ante un siniestro denominador común que refleja la interminable supervivencia de dictaduras, de Maduro y de Ortega, de la hierocracia chií en Irán, como si el cambio político se hubiera detenido para siempre.

La cuestión es si no nos encontramos aquí de forma inesperada en un camino hacia una situación similar, en la medida en que se da la premisa fundamental: el Gobierno de Pedro Sánchez, ostensiblemente, no se entrega a gobernar bien para justificar una futura reelección, sino a destruir la posibilidad de alternativa con una guerra de actos y declaraciones contra la oposición, por lo demás poco afortunada. El artículo gubernamental de servicio en El Paísanalizado aquí por Savater, al calificar de trumpismo la manifestación del día 21, no solo muestra la catadura de su autor, sino que con las declaraciones posteriores de Sánchez, prueba con una máxima claridad que no importa a los voceros sumisos al Gobierno suscitar un ambiente de guerra civil, con tal de que el maniqueísmo les sirva para conservar el poder. Y esa siembra de odio y de agresividad, no es de izquierda ni de derecha. Simplemente nos lleva a un callejón sin salida, donde como en los regímenes modelados sobre el patrón castrista, la democracia es hoy aplastada y pasa luego a carecer de futuro, bajo el imperio de la violencia y del odio. Tal vez por eso los demócratas opuestos al régimen naciente debieran precisar sus consignas y trazar las propias fronteras. El lema debe ser único: Constitución.

Sin salida. Antonio Elorza (The objective) Antonio Elorza

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