Tenorio y Tenoria

Noviembre, el mes de Don Juan Tenorio, que todavía ha sobrevivido a la mamarrachada nauseabunda del «Halloween»

Hoy, descanso de la política. Noviembre, el mes de Don Juan Tenorio, que todavía ha sobrevivido a la mamarrachada nauseabunda del «Halloween». Me centro en el Tenorio de Zorrilla, no en «El Burlador de Sevilla» de Tirso de Molina, que es un tostón. En su ensayo de Don Juan, el doctor Marañón, afirmaba que la supuesta virilidad y capacidad de seducción del Tenorio, escondía un alma feminoide. Muñoz-Seca, con la colaboración de Pérez Fernández, estrena «La Plasmatoria». Un invento mediante el cual los muertos vuelven por unas horas a la vida. Y lo primero que pregunta Don Juan Tenorio dirigiéndose al público es la dirección de la casa de Marañón, que ha insinuado en su ensayo que Don Juan pierde aceite por el tubo de escape. -¿Dónde vive Marañón?-.

He asistido a muchas representaciones y diferentes montajes del Tenorio de Zorrilla. La mejor versión, en mi opinión, la protagonizada en el Teatro Español por Carlos Lemos y Carmen Bernardos dirigida, creo recordar, por José Tamayo. No erró Marañón del todo. Pero Don Juan no era mariquita. Sucede que seducía gracias a la capacidad de seducción de sus ayudantes. Sin la envolvente charlatanería de su criado italiano Ciutti, jamás hubiera conquistado a la prometida de su rival, Don Luis Mejía, doña Ana de Pantoja. Sin la entusiasta colaboración de Brígida, la dueña de doña Inés, la hija del Comendador, jamás habría triunfado. Es Brígida la que, leyendo con ardor un poema de Don Juan a su pupila entre las paredes del convento, pone a doña Inés como una fragua. «Luz de donde el sol la toma/ hermosísima paloma/ privada de libertad ;/ si os dignáis por estas letras/ pasar vuestros lindos ojos,/ no los tornéis con enojos/ y concluir, acabad».

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Y doña Inés, como un brasero. No por los versos, que son malos, sino por la emoción añadida por Brígida, que recitaba de dulce. Y Don Juan, acude a la cita con Mejía, le gana la apuesta, manda a Ciutti que convenza a la Pantoja, rapta del convento a doña Inés, se la lleva a su quinta del Guadalquivir con Brígida de paquete, y claro, aquello terminó como el rosario de la aurora, con el Comendador y don Luis atravesados por la espada de Tenorio.

De la princesa Real

A la hija de un pescador,

Ha recorrido mi amor

Toda la escala social.

Hasta finales del XX, existía en Madrid, en la calle Santiago, un restaurante privado , «El Figón de Santiago», cuya contraseña para acceder era la del comendador y el mesonero de la Hostería del Laurel. Una puerta de madera de roble con un ventanuco. Se golpeaba la puerta con un aldabonazo y al abrirse el ventanuco se establecía la gracia de los octosílabos del hostelero y el Comendador.

-La Hostería del Laurel?-;

– En ella estáis caballero? –

-Está en casa el hostelero?-;

-Estáis hablando con él-.

Y el portón se abría y daba paso al cliente.

Zorrilla no calcula bien los tiempos. En una hora, don Juan sale de la Hostería del Laurel, y ordena a Ciutti que encienda a la Pantoja, convence a doña Inés con la ayuda de Brígida, le hace el amor en la quinta sita en lo que hoy son Los Remedios, desflora a doña Inés, atraviesa el Guadalquivir, y hace lo mismo con doña Ana de Pantoja, todo eso en una hora, lo que da a entender que los arreones del Tenorio eran como los de un conejo, o que pegaba unos gatillazos de órdago, o que las mujeres de su época, inexpertas y puras, se conformaban con muy poquita cosa. Porque a partir de la seducción de la novia de don Luis, Don Juan no vuelve a comerse una rosca en toda la tragedia, que transcurre del amor a la muerte, la muerte hablada de las estatuas de doña Inés y el Comendador, que no perdona a Don Juan ni por casualidad.

Y Zorrilla, que rima a la perfección, no trabaja la consonante con Tenorio. Siempre usa del «notorio», lo cual abre la puerta de la sospecha de haberla escrito a tiempo contratado. Porque rimas con Tenorio hay muchas. Abalorio, casorio, conservatorio, consistorio, dormitorio, emporio, escritorio, oratorio, repertorio… y hasta la trainera de Orio, si bien en sus tiempos no existían las regatas de traineras, y de existir, los remeros de Orio no se entrenaban en el Guadalquivir.

No obstante, y a pesar de sus limitaciones, la comedia dramática y trágica de don José Zorrilla, es una delicia, además de una tradición. De las más representadas del teatro español. Las últimas andanzas de un bocazas presumido y conquistador de mujeres a cuenta ajena. La tradicional cita de los españoles con el Día de Todos los Santos, hoy herida por la estúpida noche del «Halloween» que es el mal gusto importado por los cursis y para los cursis. Pero de seductor, nada. Don Juan era flojito. Y bastante facha, según se dice ahora de los que no son socialistas, comunistas, terroristas o independentistas. Lo ha declarado la abogada Cristina Almeida: «Bertín Osborne me propuso sexo, y yo lo rechacé, porque es un facha».

Habrá que escribir La Tenoria para inmortalizar su resistencia ideológica ante la seducción. Podría superar al Tenorio de Zorrilla, ese pobre hombre.

Tenorio y Tenoria

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