España plurinacional

Tony Blair, de 69 años, fue el primer ministro laborista más duradero y probablemente el más exitoso de su partido, con tres victorias electorales encadenadas. Tuvo el acierto de gobernar desde la moderación. En realidad, su Tercera Vía mantuvo en pie lo esencial de las reformas liberales de Margaret Thatcher, que habían puesto al día a un Reino Unido esclerotizado por el estatismo. Hoy Blair arrastra mala imagen en Inglaterra, debido a la Guerra de Irak, a su culto al becerro de oro tras dejar la política y a las campañas contra él de los medios de Murdoch. Sin embargo, sigue siendo de las mentes políticas más agudas de Europa, un zorro plateado al que vale la pena escuchar.

Blair se ha aburrido de advertir al Partido Laborista actual sobre que en los feudos donde domina el nacionalismo la única forma de triunfar es confrontarlo. Les ha explicado que cuando un partido estatal intenta ser un poquito nacionalista está empezando a cavar su tumba. Por supuesto, no le hicieron ni caso. Consecuencia: el laborismo, que dominaba históricamente en Escocia, se fue al garete allí. Por el contrario, los conservadores triunfaron cuando en 2016 hicieron el experimento contrario. Presentaron como candidata a Ruth Davidson, una joven política visceralmente antinacionalista, que no dio tregua ni un segundo al rodillo separatista de Sturgeon y su SNP. El resultado es que los tories, que no rascaban pelota en Escocia, doblaron sus escaños. Lo mismo ocurrió en Cataluña en 2017 con Ciudadanos: ganaron las elecciones enfrentándose frontalmente al imperio separatista.

La lección de Blair tampoco se ha seguido en España. Desde la Transición hemos fabulado con la tesis de que los nacionalismos disgregadores podrían ser embridados si se les hacían concesiones. De ahí que en la Constitución de 1978 se incluya una absurda distinción entre «nacionalidades» y «regiones» (jurídicamente, ¿qué diantre es una nacionalidad?). Luego se cedió la educación, la sanidad… En el País Vasco y Cataluña hasta la seguridad se ha dejado en manos del ejecutivo regional. El resultado de este modelo es que en la práctica las personas ven que toda su actividad cotidiana depende de la instancia autonómica, lo que ha provocado un extrañamiento hacia la idea de España y su utilidad.

Con una miopía galopante, el flamante «coordinador» del PP que ha nombrado Feijóo, el consejero andaluz Elías Bendodo, un abogado de 47 años, se ha despachado en una entrevista en El Mundo declarando lo siguiente: «Yo creo que, efectivamente, España es un Estado plurinacional». Es decir: un hombre fuerte del nuevo PP está comprando la jerga más nociva del zapaterismo, la mercancía averiada que ha convertido al PSOE en el tonto útil del nacionalismo.

A las pocas horas Bendodo rectificó (imagino que le pitaban los oídos con los ecos de su metedura de pata). Pero la sospecha queda ahí: ¿Está el PP tentado de pastelear con los separatistas en el País Vasco y Cataluña con la ilusión de que así logrará más votos? Sería tomar la carretera a la ruina.

Lo que cabría esperar de un gran partido de centro-derecha que aspira a gobernar España en breve es una defensa firme de la unidad de la nación, que sigue amenazada; una propuesta persuasiva que venda en Cataluña y el País Vasco las ventajas y bondades del proyecto común español; y un máximo apoyo a la lengua que nos une a todos (que me temo que no es el catalán). Porque el Estado de las autonomías y las transferencias a los nacionalistas no están amenazados hoy en España. Lo que sí está amenazado es la unidad de nuestro país y el cumplimiento de la ley en todas las regiones de España. Si PP no quiere trabajar en ello, ni tampoco presentar una alternativa a la ingeniería social de la izquierda, en realidad lo que acabará vendiendo a los españoles será solo un sanchismo-zapaterismo un poquito menos filibustero y más aseado con las cuentas. ¿Es ese todo el viaje que quiere hacer Feijóo? ¿Piensa como Bendodo que España es «un Estado plurinacional»? ¿Va a mantener si llega al poder la aberrante reforma del aborto que va a aprobar hoy Sánchez, o sus leyes de memoria? Los españoles merecen conocer claramente la respuesta a esas preguntas para hacerse una composición de lugar y obrar en consecuencia. La calculadora de los votos no lo es todo. O puede ser pan para hoy y hambre para mañana.

España plurinacional

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