Un ruso en la Generalitat

Ya conocíamos las veleidades prorrusas del independentismo catalán. Hace tiempo que se hicieron públicos los contactos del entorno de Carles Puigdemont con las cercanías de Vladimir Putin cuando el fugado ya se había puesto a la fuga. Pero ahora sabemos que esas amistades peligrosas datan de fechas anteriores. Una investigación periodística ha desvelado que Puigdemont se reunió con un enviado de Putin en el Palau de Generalitat un día antes de proclamar la república catalana: esa república catalana que duró ocho segundos, desde que la declaró Puigdemont ante el Parlamento, hasta que la dejó en suspenso unas cuantas palabras después (y ahí sigue, suspendida).

Según lo que ha trascendido, el agente ruso ofreció al entonces presidente de la Generalitat saldar la deuda de Cataluña y diez mil soldados del ejército de Putin para defender a la república catalana de una previsible intervención española. Este episodio traspasa el nivel de lo cómico para alcanzar el olimpo del delirio. Pero, después de recuperar la entereza tras las carcajadas que suscita, se puede hacer un análisis algo más sereno para extraer una conclusión: el peligroso grado de deterioro cognitivo que alcanzaron los dirigentes del independentismo en aquellos tristes días del otoño de 2017. Habían perdido la capacidad para entender la realidad y entraron en el arriesgado laberinto de asumir como verdaderas las mentiras que ellos mismos fabricaban cada día. Y, como consecuencia, engañaron a una parte del sector más radical del independentismo, que se mostró dispuesto a creer cualquier cosa.

Esta pintoresca peripecia ni siquiera sirve como estrambote, porque eso significaría que es el verso final de un soneto, como remate en tono irónico. Y, dada la personalidad de sus protagonistas, es previsible que aquello que ahora conocemos solo sea la parte de un todo aún más clarificador sobre las bases a partir de las cuales se generó el procés.

Lo más significativo es la poca renovación que se produce en el liderazgo de ese mundo extraviado del independentismo extremo, incapaz de asumir su propio fracaso, pero que se sostiene al mando del tenderete porque, en caso contrario, tendría que reconocer su fracaso y, entonces, a qué se iban a dedicar.

Un ruso en la Generalitat

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