Un traidor o un inútil

Pedro Sánchez tiene la obligación, innegociable y de cumplimiento inmediato, de explicar hasta donde él sepa qué le robaron del móvil, quién fue, con qué objetivo y con qué resultado. Ninguna razón legal, política o institucional, y mucho menos su temor personal, puede aplazar ni un minuto más conocer sus respuestas a cada una de esas sencillas preguntas.

Porque su silencio, combinado con la fría secuencia de los hechos demostrados y las evidentes consecuencias que todo ello tiene, derriban toda precaución al respecto y exigen unas explicaciones públicas inmediatas que aclaren si España tiene un problema o, tal vez, el problema lo tiene en realidad Sánchez.

Hace un año permitió entrar en España, clandestinamente y con trampas, al líder del Frente Polisario, enemigo declarado de Marruecos y amigo del alma de Argelia. Doce meses después, Argelia ha roto relaciones con España y Marruecos se va a quedar con el Sáhara, sin renunciar a sus aspiraciones en Ceuta y Melilla y sin dar nada a cambio.

Entre medias de ambos episodios, dirigidos en persona por Sánchez y al margen de todo respaldo de las Cortes, solo hubo una novedad, conocida por su propia indiscreción: el presidente del Gobierno había sido espiado y le habían extraído de su móvil oficial, según consta en el auto judicial derivado de su denuncia, 2.6 gigas de documentación privada probablemente delicada.

Nadie ha dicho qué le quitaron exactamente ni quién fue el ladrón; pero nadie ha negado tampoco que fuese información sensible y que la Inteligencia marroquí fuera la responsable. Por omisión, es legítimo dar por buena esa hipótesis, pues.

Es decir, tenemos un presidente que cambió de postura, con el mismo modus operandi opaco, individualista y ajeno a los procedimientos institucionales, coincidiendo con un ataque exitoso a su móvil y con la extracción de él de información de un volumen similar al de toda la versión española de Wikipedia.

Y tenemos también a un presidente que, sin desmentir en ningún momento que Marruecos sea la responsable, le ha dado a Marruecos lo que quería, ignorando 50 años de posición española en el Sáhara y saltándose al Congreso, a la Corona y al Estado de derecho.

Si al permitir el acceso furtivo de Brahim Gali, sin avisar a Rabat ni comunicárselo a la Audiencia Nacional, provocó la invasión de Ceuta con 10.000 inmigrantes teledirigidos por Mohamed VI; al rectificarse a sí mismo sin encomendarse a nadie ha provocado de nuevo la suspensión de los acuerdos comerciales con Argel, tal vez la parálisis del suministro de gas y probablemente el incremento de las pateras en masa y del terrorismo yihadista.

O Sánchez es un títere de otros países y le chantajean con secretos inconfesables o Sánchez es un negligente irresponsable que está llevando a España al abismo

¿Qué saben de usted, señor Sánchez? ¿Qué secreto inconfesable han utilizado para chantajearle? ¿Qué rescate está pagando para esconder la extorsión? ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar para protegerse usted, al precio que sea para España?

Que todas estas preguntas sean legítimas, razonables y relevantes ya es suficiente para activar todas las alarmas y exigir, sin dar un paso atrás ni aceptar un no por respuesta, que Sánchez las aclare sin dilación.

Porque o Sánchez es un títere de otros países y le chantajean con secretos inconfesables o Sánchez es un negligente irresponsable que, por otras razones igual de desconocidas, está llevando a su país a un abismo sin precedentes en todos los ámbitos: entregado en España a sus principales enemigos separatistas y chavistas; condenando al país a una ruina económica y social sin precedentes desde la Guerra Civil y dejando que la invada cualquiera para salvar su acabada carrera.

Sea por traidor o por inútil, Sánchez no puede seguir siendo presidente del Gobierno ni un día más. Su último trabajo debe ser comparecer, dar las explicaciones necesarias y dimitir al momento. Ya es o él o España.

Pedro tiene la regla

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