votarán al PSOE otra vez

Muchas veces me han preguntado por qué la gente sigue votando al PSOE. No tengo una respuesta racional. Vamos, que no me salen las cuentas. Me obligan a tirar de dos herramientas de la filosofía política: la psicología de las masas y la manipulación de las emociones. Cuando lo explico, la pregunta es siempre la misma: «¿Me está diciendo que son irracionales?». No exactamente. 

Repasemos. Pedro Sánchez es el líder más falso y mentiroso de la historia democrática de España. No encuentro algo igual ni siquiera en la Segunda República. Tampoco soy capaz de hallar a alguien equiparable en cuanto a degradación del Estado de Derecho y sometimiento a los rupturistas. Estas deficiencias no las compensa con alguna virtud personal, como por ejemplo la oratoria, la erudición, la modestia o la simpatía. Es un analfabeto funcional, poco fiable y antipático, que vive como un millonario contaminante mientras predica lo contrario. 

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Tampoco el PSOE es un partido como para estar orgulloso. Ojo, esto no significa que no haya tenido gente valiosa, sino que en su conjunto no merece mucho aplauso. No hay trayectoria de alguno de sus líderes que valga para ejemplificar nada bueno. Felipe González tuvo la corrupción masiva y los GAL, Alfonso Guerra apuñaló a Montesquieu, y Zapatero fue un desastre sin paliativos. Entre los grandes éxitos de ZP están la desprotección ante la crisis del 2008 y el Pacto del Tinell para romper el bloque constitucionalista. 

Seguramente el PSOE sea el partido más corrupto de la historia de Europa. Solo en Andalucía se llevó 680 millones de euros. Quizá la familia Pujol, pero eso es un clan mafioso, no un partido. Ese dinero fue usado para engordar las cuentas privadas de algunos socialistas, y para crear una red clientelar que asegurase la victoria en las urnas. 

Su historia no es precisamente el relato de la defensa de la democracia. Pablo Iglesias, su fundador, despreciaba el sistema democrático, y tuvo que ser la Segunda Internacional quien obligara a su PSOE a presentarse a las elecciones. Tampoco sus sucesores Largo Caballero y Julián Besteiro, sin entrar ahora en detalles, son para ponerlos en la lista de grandes defensores de la democracia. El líder socialista quiso traer a España el bolchevismo en 1917, luego apoyó la dictadura de Primo de Rivera, construyó una República en 1931 como tránsito al socialismo, y soñó con la guerra civil para limpiar España e imponer su paraíso. 

Durante el franquismo el PSOE no fue nada. La oposición al dictador la ejercieron otros. Cuando resucitaron en 1977 no había cambiado mucho: dictadura del proletariado y derecho de autodeterminación para «los pueblos de España». Luego, gracias al dinero de algunos socialdemócratas europeos, se libraron del marxismo y del republicanismo, al menos de forma explícita. El resto ya se sabe. 

«Sus votantes han visto lo peor que podamos imaginar en sus dirigentes sin que pase nada, desde el terrorismo de Estado hasta la falsificación de una tesis doctoral»

El PSOE en la Transición fue una ilusión, un deseo de cambio, de dar la vuelta a la tortilla. Era el «ahora mando yo» de aquella generación que hizo la comunión durante el franquismo. Si robaban daba igual. «Todos roban pero estos son los mismos». Si se cargaban los contrapesos institucionales, como ocurrió en 1985, daba igual porque a «España no la va a reconocer ni la madre que la parió», que dijo Alfonso Guerra. 

Ni siquiera la huelga general de 1988, con la UGT echada al monte, pudo evitar que la gente siguiera votando al PSOE. Ha sido siempre como una religión civil. Se cometen pecados, pero la fe nunca se pierde. Hay apóstatas, traidores y mangantes, pero el patriotismo de partido lo supera todo. En el nombre del socialismo todo cabe. 

La izquierda es emocional. Jamás es juzgada por los resultados porque perdería. Todo son intenciones y emociones. «Hoy no funciona, pero mañana sí», dicen, pero ese «mañana» no llega nunca. El PSOE se ha especializado, como la izquierda latinoamericana, en jugar con las emociones. Por eso Sánchez se ha hecho el amo usando el estilo populista. Es muy sencillo dirigir las emociones negativas básicas hacia un enemigo imaginario -«esos hombres con puro en cenáculos madrileños» y las «grandes empresas» que apoyan a Feijóo-, y las positivas hacia el paraíso ecosocialista y feminista. 

Lo difícil es resistir a esta hegemonía. A esta Gomorra del PSOE y los nacionalistas, que es una Sodoma para el resto. Es triste, pero Feijóo espera ganar las elecciones consiguiendo la confianza de los votantes socialistas disgustados con Pedro Sánchez. No sería la primera vez. Lo mismo hizo Rajoy en 2011. 

España es así. El PSOE no bajará del 20% de los votos a nivel nacional. Sus votantes han visto lo peor que podamos imaginar en sus dirigentes sin que pase nada, desde el terrorismo de Estado hasta la falsificación de una tesis doctoral, la complicidad con el golpismo en Cataluña, la alianza con Bildu, el abrazo con Podemos, la economía hundida, la educación burlada, la Constitución pisoteada, el Estado de Derecho humillado, el desprecio al parlamentarismo y a la libertad de expresión. En fin. Tantas cosas que cuando se les recuerda te sueltan un «facha», y cogen la papeleta del puño y la rosa. 

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